Autor: Rodrigo Vera
FUENTE
En su libro Las finanzas secretas de la Iglesia, que pronto
estará en circulación, el periodista estadunidense Jason Berry detalla
la manera en que Marcial Maciel gastaba sumas millonarias en regalos y
dádivas a los jerarcas del Vaticano, empezando por el Papa Juan Pablo
II. El propósito del fundador de los Legionarios de Cristo, según el
autor, era acumular poder para el fortalecimiento de su orden, al tiempo
que se blindaba para salir airoso de las acusaciones que se le hacían
por pederastia. Al final todo se descubrió.
El sacerdote Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de
Cristo, gastaba mucho dinero para comprar favores de los altos jerarcas
del Vaticano, incluido el Papa Juan Pablo II, así como para impedir que
los tribunales eclesiásticos lo juzgaran por sus abusos sexuales
cometidos contra menores de edad.
En 1995, por ejemplo, Maciel le entregó 1 millón de dólares
a Juan Pablo II, quien además llegaba a oficiar misas privadas –en su
capilla del Palacio Apostólico– para los acaudalados amigos de Maciel
que solían recompensar al pontífice con donativos de hasta 50 mil
dólares en efectivo.
Al ver el enorme poder que tenía Maciel durante el
pontificado de Wojtyla, el actual Papa Benedicto XVI, entonces encargado
de la Congregación para la Doctrina de la Fe, decía que no era
“prudente” investigarlo por sus actos de pederastia, que para entonces
ya eran conocidos en todo el mundo.
Un detalle pormenorizado de esos “donativos” –o “sobornos”,
en opinión de algunos– que repartía Maciel en el Vaticano lo brinda el
investigador estadunidense Jason Berry en su libro Las finanzas secretas
de la Iglesia, que editorial Debate pondrá a circular en México en los
próximos días.
En el capítulo “El padre Maciel, señor de la prosperidad”,
se plantea que el sacerdote michoacano “quería comprar poder”, por lo
que gastaba en Roma “grandes sumas de dinero para aislarse de la
justicia”, pero también para obtener el aval del Vaticano a los centros
de formación que iban abriendo los Legionarios de Cristo en distintos
países.
Agrega Berry que el cardenal Angelo Sodano, entonces
secretario de Estado del Vaticano, era “muy cercano” a Maciel; no
obstante, su “defensor más importante” era, sin duda, “el mismo Papa
Juan Pablo II”.
Y relata la siguiente anécdota que demuestra la cercanía entre Maciel y Wojtyla, que se prolongó durante todo su pontificado:
“En enero de 1979, en su primer viaje como pontífice, Juan
Pablo visitó México. Maciel iba sentado en el avión con él, como
recompensa por el extenso trabajo de avanzada. Gracias a un sacerdote
legionario que decía misas para la primera dama, el presidente López
Portillo decidió recibir a Juan Pablo en el aeropuerto… Seis meses
después Juan Pablo mostró su aprecio con una visita a los Legionarios de
Roma.”
Maciel le mandaba dinero a Juan Pablo II. El libro hace referencia a una de esas entregas:
“En 1995, según exintegrantes de la Legión, Maciel envió al
Papa Juan Pablo 1 millón de dólares por medio de monseñor Stanislaw
Dziwisz, cuando el Papa viajó a Polonia. Como secretario papal, Dziwisz,
oriundo de Polonia, fue durante décadas el hombre más cercano a Juan
Pablo. Manejar dinero era parte de su trabajo.”
El secretario del Papa –prosigue el libro– también se
encargaba de recibir los donativos de las familias pudientes a las que
Maciel llevaba a las misas privadas del pontífice, realizadas en la
capilla de su Palacio Apostólico, con capacidad para 40 personas y
adornada con frescos de Miguel Ángel, específicamente con La conversión
de Saulo y La crucifixión de San Pedro.
Los acaudalados amigos de Maciel “solían encontrar al Papa
de rodillas, absorto en oración, con los ojos cerrados, casi en un
éxtasis, completamente ajeno a quien ingresaba a la capilla… para los
laicos era una maravillosa experiencia espiritual”.
El libro recoge el testimonio de un exsacerdote legionario
que asistía a esas misas exclusivas y quien revela: “Acompañé a una rica
familia mexicana en una misa privada y al final la familia le entregó a
Dziwisz 50 mil dólares”.
Favores mutuos
El secretario papal tenía “frecuentes comparecencias” con
los allegados de Maciel, por las cuales también recibía donativos que se
hacían “siempre en efectivo” y en dólares, pues “en liras se habrían
necesitado demasiados billetes”.
Añade el libro: “En 1998 Maciel tiró la casa por la ventana
para ofrecer una espléndida fiesta en honor de Dziwisz, con motivo de
su proclamación como obispo, e incluyó festiva música de mariachis
interpretada por una pequeña orquesta de los Legionarios”.
No sólo el Papa y su secretario recibían dinero en
efectivo, pues también “los cardenales y los obispos que decían misas
para los Legionarios recibían pagos de 2 mil 500 dólares y más, de
acuerdo con la importancia del evento”.
¿Se trataba de donativos o de sobornos? En el libro se hace
esta pregunta. Algunos exsacerdotes legionarios responden que se
trataba de “una forma elegante de dar un soborno”. Otros, en cambio,
señalan que era opere de charittá (obra de caridad), ya que la Iglesia
bien pudo destinar ese dinero para ayudar a los pobres y necesitados,
cosa que no se sabe a ciencia cierta, dada la opacidad de las finanzas
vaticanas.
Pero Maciel –se dice en el texto– también era muy dado a
hacer costosos regalos en especie a los jerarcas vaticanos o a
agasajarlos con fiestas y comilonas que no podían ser obras de caridad y
cuya intención era conseguir favores a cambio.
Plagada de esos favores mutuos fue la relación de Maciel
con Angelo Sodano, desde que éste era nuncio apostólico en Chile durante
la dictadura de Augusto Pinochet, a la que apoyaba. Con el fin de
“neutralizar a los defensores de la Teología de la Liberación que
militaban en la izquierda”, Sodano impulsó en Chile las obras que
realizaban los Legionarios de Cristo y que imponían “el estilo católico
de la teología de la prosperidad, la lealtad papal y el capitalismo del
mercado libre”.
A partir de entonces Maciel supo corresponder esos favores:
“Puso al padre Raymond Cosgrave, un legionario irlandés, a disposición
de Sodano prácticamente como ayuda de campo en la nunciatura de
Santiago. En 1989, en el escalafón para ser nombrado secretario de
Estado, Sodano tomó clases de inglés en Irlanda en el colegio de la
Legión. Fue de vacaciones a una casa de recreo de la Legión en
Sorrento”.
Cuando Sodano fue nombrado cardenal, Maciel le organizó en
Roma una gran comida a la que asistió prácticamente toda la familia del
nuevo purpurado; alrededor de 200 personas. Y volvió a agasajarlo cuando
se le nombró secretario de Estado.
Por su parte el cardenal Sodano “ayudó a cambiar los
requisitos de zonificación” para construir la universidad Regina
Apostolorum que tienen los Legionarios en Roma. En esta construcción
Maciel le dio empleo al ingeniero Andrea, sobrino del cardenal Sodano.
Se cuenta en el libro que “dos legionarios que estaban en
el proyecto opinaban que el trabajo de Andrea era inadecuado. Cuando le
sugirieron a Maciel que no debería pagársele la cuenta, éste gritó:
‘¡Paga la cuenta y págala ahora!’ Así lo hicieron”.
Maciel escogía muy bien los regalos que destinaba al
cardenal Sodano –que fluctuaban entre 5 mil y 10 mil dólares–. Incluso
mandó que pusieran la fotografía de Sodano en el centro que tiene en
Roma el Regnum Christi, que es la organización de laicos de la Legión.
El fundador de la Legión también pagó la remodelación de la
residencia del cardenal Eduardo Francisco Pironio, cuando éste era el
encargado de la Congregación para Institutos Religiosos y Seculares,
cargo en el que permaneció de 1976 a 1983. La remodelación “fue un
recurso bastante grande, costoso, ampliamente conocido en los niveles
superiores de la Legión”, se dice en el libro.
A cambio Pironio debía aprobar la constitución de la
Legión, que incluía los llamados “votos privados”, consistentes en la
obligatoriedad de no hablar nunca mal de Maciel y suprimir toda crítica
interna en la congregación, lo cual le aseguraba obediencia ciega e
impunidad para sus abusos sexuales. Pese a la reticencia de los
cardenales consultores de esa congregación, Pironio y Juan Pablo II
aprobaron la constitución porque estaban “financieramente en deuda con
la Legión”.
“Engrasando las ruedas”
En Las finanzas secretas de la Iglesia Berry menciona otro
soborno de Maciel: cuando Eduardo Martínez Somalo estaba a cargo de la
Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida
Apostólica, Maciel le pidió a uno de sus sacerdotes que fuera al
domicilio de aquél a entregarle un sobre que contenía 90 mil dólares.
Cuenta en el libro este sacerdote: “Ni me inmuté… subí a su apartamento,
le entregué el sobre y le dije adiós… Era una forma de hacer amigos,
asegurarse cierta ayuda si fuera necesaria, engrasando las ruedas, por
así decir”.
Pero no todos aceptaban las dádivas de Maciel. El libro
relata cuando le rechazaron agriamente un lujoso automóvil Mercedes
Benz:
“Maciel quería la aprobación del Vaticano para Regina
Apostolorum como academia pontificia, el más alto nivel de
reconocimiento del Vaticano. Esto pondría a la reciente universidad en
igualdad de condiciones con las universidades Laterana y Gregoriana,
mucho más antiguas. Así que en 1999 los Legionarios ofrecieron un
Mercedes a Pío Laghi, entonces prefecto de la Congregación para la
Educación Católica (y anteriormente embajador papal en Estados Unidos).
“Laghi, quien ya falleció, quedó horrorizado y desdeñó el
ofrecimiento, según el padre B, que presenció su furia. El sucesor de
Laghi, el cardenal Zenón Grocholewski, rehusó conceder el estatus
académico. A Regina Apostolorum le faltaban credenciales en
investigación, profesorado y prestigio internacional.”
En épocas navideñas Maciel ponía a varios de sus
seminaristas a preparar las canastas de regalos para los jerarcas de la
Iglesia –era un “espectáculo de vinos finos, licores y jamones
curados”–. Ya preparados los regalos, los mismos legionarios eran
“enviados en automóviles a entregarlos a los cardenales y a otros
aliados, siempre con un propósito: aumentar el poder de la Legión y de
Maciel”.
En sus viajes por distintos países de Europa y América, el
mismo Maciel llevaba una vida de lujos y derroche, según cuenta en el
libro el sacerdote Stephen Fichter, quien coordinaba la oficina
administrativa de la Legión en Roma y se encargaba de los gastos de
Maciel.
“Cuando el padre Maciel viajaba desde Roma era mi deber
proporcionarle 10 mil dólares en efectivo, 5 mil en dólares de Estados
Unidos y la otra mitad en la moneda del país al que iba a viajar… Era
parte de la rutina de mi trabajo. Él estaba tan completamente por encima
de todo reproche que yo me sentía honrado de cumplir esa función. No
entregaba ningún recibo y yo no habría osado pedírselo”, dice Fichter.
“Maciel se anotó otro punto en 2003, cuando el arzobispo
Tarcisio Bertone, de Génova, escribió un insigne prefacio a Christ is my
life, una larga entrevista en forma de libro en la que Maciel responde
las preguntas del padre Jesús Colina, miembro del Regnum Christi”, se
indica en el libro.
Con preguntas a modo, Christ is my life es una
“autodefensa” de Maciel ante los cargos en su contra. Y el cardenal
Bertone también se prestó a defender a Maciel al escribirle el prefacio
del libro, en el que dice elogioso:
“Las respuestas que el padre Maciel da en la entrevista son
profundas y sencillas y tienen la franqueza de aquel que vive su misión
en el mundo y en la Iglesia, con la vista y el corazón puestos en
Cristo Jesús. La clave de su éxito es, sin duda, la atractiva fuerza del
amor de Cristo. Ello ha animado siempre al padre Maciel y a su
instituto para no dejarse ganar por la controversia, que no ha sido poca
en su historia.”
Bertone sucedió en el cargo a Sodano. Ahora es el
secretario de Estado del Vaticano y, por lo tanto, el brazo derecho del
Papa Benedicto XVI, quien también llegó a proteger a Maciel.
El libro menciona que como prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la Fe de Juan Pablo II, a Joseph Ratzinger le llegaban
reportes sobre los actos de pederastia de Maciel, pero aquél llegó a
comentarle a un obispo mexicano que no era “prudente” investigarlo,
puesto que había atraído a muchos hombres al sacerdocio.
Cuando Juan Pablo II estaba moribundo, en 2004, Ratzinger
ordenó que se investigara a Maciel, ya que el nuevo papado no debía
iniciarse “bajo el peso del escándalo de un Maciel protegido”. El trono
pontificio lo obtendría Ratzinger, quien ya como pontífice condenó a
Maciel al ostracismo, pero sin llevarlo a juicio formal.
De 551 páginas, Las finanzas secretas de la Iglesia
reconstruye los últimos días de Maciel, en enero de 2008, cuando estaba
internado en un hospital de Miami y se negó a hacer una confesión final,
como lo pide la fe católica. Tampoco quiso recibir los santos óleos,
gritando enfurecido: “¡Dije que no!”, y renegando de Dios y de la
Iglesia, al grado de que intentaron llevarle un exorcista. Sólo quería
estar acompañado de su pareja sentimental, Norma Hilda Baños, y de la
hija de ambos, Normita. “Quiero quedarme con ellas”, clamaba el
agonizante.
Cuando murió, la Legión dijo que Maciel se había ido directo al cielo.